viernes 3 de julio de 2009

Sueños y despertares


Te busco mientras duermes. La luna me debe un favor y gracias a ella, me cuelo entre tus sueños. Me transformo en la brisa imposible, en el país y en el personaje del cuento de hadas que más te guste. Y aprovechas. Sí. Duerme. Ten dulces sueños.

Desde aquí, desde la fuerza de estas palabras, invoco a la imaginación. Invoco al poder de la Madre Tierra. Yo conjuro la vida que nos da, conjuro la ilusión y la belleza que revelan sus gotas de agua, el olor a tierra fresca. Que la fuerza de sus elementos te haga sentir más fuerte no sólo cuando despiertes. Que el sol y las estrellas te arropen cuando tengas frío. Invoco a las fuerzas de este universo. Rompo el tiempo y lo hago extensible también a tu pasado.

Sí. Ahora me doy cuenta.

Sólo alguien así fue capaz de hilvanar un corazón deshilachado. Sólo alguien así es capaz de inspirar cientos y cientos de versos.

Ahora, juega. Juega a inventarte el mundo que tu quieras creando pompas de jabón. Crearás un mundo a tu medida. Fuera de él, la vida seguirá su curso lento y aburrido. Aunque te atrape, basta con mirar más adentro y encontrar la felicidad, la sonrisa, la complicidad y la broma. La alegría que has ido vertiendo en este sueño y hacer que las pompas engullan ese planeta tan desierto y tan perdido. Entonces, mira. Mira ahora que estás leyendo dormida y acuérdate.

Cuando despiertes, habrá niños y mayores esperándote. Niños y mayores que no pueden jugar a ser superhéroes o Quijotes, ni mucho menos buscar caracoles imaginarios.

Ahora, despierta. Ayer por la tarde, fue tan solo un mal sueño.

Soñar a la deriva


Una cama grande y a solas, no es una cama. Es un océano. Un cuerpo desnudo y a solas, no es un cuerpo. Es un naúfrago a la deriva.

En una cama grande y a solas, los brazos no saben donde ir, en qué dirección abrazar. Se cambia la postura una y mil veces, y una y mil veces luchas por no hundirte en la soledad, pero no puedes. Llega un momento en el que los músculos te dicen basta. Y te duelen. Y te levantas más cansado. Sin haber dormido. Con los labios agrietados de tanto buscar tus besos.

En una cama grande y a solas, las horas se hacen días y la noche no es noche, es sólo oscuridad. Y la oscuridad, digan lo que digan, pesa. El aire pesa y uno tiene que llegar como sea hasta las ventanas y abrirlas de par en par. ¡Aire! ¡Aire!, gritas con el pensamiento mientras lo buscas. Buscas desesperado que el viento te traiga su aliento. El aliento que te susurra al oído, el que te da la vida.

Una cama grande y a solas, protesta más de lo necesario. Buscas comodidad y chirrían los muelles. Escuchas el eco de cada pieza de metal. El crujir de la madera, con los cambios de temperatura. Y notas como cada sonido se multiplica. Como se reparte por todos los muebles y llega del uno al otro confín de la habitación. Sí. Porque una cama grande y a solas, no es sólo una cama. Es una figura geométrica gigantesca. Una habitación inmensa, tan inmensa como el silencio que te rodea, que te hace sentir claustrofobia, porque a pesar del enorme espacio, ese silencio te va aplastando muy lentamente. Y dejas de ser Ese Gulliver gigantesco, admirado por un sinfin de corazones liliputienses. ¡Qué lejanos quedan ya esos días! Cuando movías montañas apenas con un solo dedo.

En una cama grande y a solas, esperas. Es lo único que puedes hacer. Esperar. Esperas a que cambie la luna. A que llegue la marea y remontar las olas. Volver hacia tus muslos y encaramarme a ellos para encontrarte. Que los vaivenes que nos da la vida son olas gigantescas y tú eres el único salvavidas.

jueves 2 de julio de 2009

Un nuevo camino


Hoy voy a ser fiel. Dolorosamente fiel a mi mismo. A una parte de mi que quiso llegar hasta el cielo. Una parte que inocentemente, se construyó unas alas. Unas alas que fue elaborando pluma a pluma. Con tesón, con amor...con mucha paciencia. Esta parte de mi, como digo, quiso ir más allá. A ese cielo siempre azul e inabarcable. Donde el tiempo no existe. Aquel que nos hicieron creer y que la imaginación de un niño ha visto con sus propios ojos. Un lugar donde el cariño y el respeto mutuos son la única moneda de cambio. Un lugar que muchos otros quisieron construir con sus propias manos y con sus propias vidas antes que yo. Ellos, en su locura, deben estar allá arriba. Seguramente. Cada uno se construye su propia eternidad o su propio Paraíso según le viene en gana. Y no se debería forzar a otros a creerlo igual porque cada uno es como es. Único e irrepetible. Quizá sea ese el fallo. Quién sabe. Lo que unos ansían con todo su corazón, otros, sencillamente, lo desprecian. El ser humano tiene su propio criterio sobre las cosas, sobre todas las cosas de este mundo y de los que, asegura, están por llegar. Yo no lo se. Ni lo sabré hasta el día en que muera. Por eso dejo en paz a los demás. Yo no quiero esperar tanto. Que se queden con la eternidad los que la quieran. El aquí y el ahora lo veo algo más factible. Más de estar por casa, sí. Que me perdonen los filósofos y los teólogos. Pero mi Paraíso se resume en un aquí te pillo, aquí te amo. Así de simple. Me resumo en mi trato con los demás. Porque yo soy los demás. Nunca me olvido. Por ello, renuncio a ese cielo azul del que tanto se habla. Mis alas han pesado demasiado. Las ha derretido ese sol implacable que sale todos los días. El mismo que seca las esperanzas. Los mismos reproches de siempre, los mismos ninguneos han podido. Sí. Renuncio a él de todas, todas. Me aparto y decido quedarme en tierra. Que ya está bien de llorar por quienes no se preocupan. Que no. Que uno se merece algo mejor. Me voy cerrando esa puerta pero abriendo otra. Guardo todo lo que me ha hecho feliz hasta ahora y hago el petate. Me marcho. Me marcho en busca de otras sonrisas, de otros abrazos. Estoy harto de ir corriendo enmedio de la arena. Arena, sólo arena. Arena que se escapa entre las manos, entre mis lágrimas al pensar que no, que realmente había agua. Y no. Era sólo más arena. Esa arena ardiente que te va quemando el corazón agrietado, que va deshaciendo esas alas.

Ya no.

Ahora camino. Tan sólo camino. Con los ojos y el alma abiertos. Con las ganas de encontrar mi cielo azul en tus ojos, en tu sonrisa, en las manos que me acaricien de tú a tú. En los abrazos y en los silencios. En el apoyo mutuo, en la amistad bien entendida.

Atrás quedó el desprecio. He cerrado de un portazo. Adiós a la soberbia. Allí donde la vea la dejaré de lado. Existe si quieres. Pero no en mi mundo. No en mi cielo. No en mi tierra.

Vamos, no hay que hacer esperar al futuro.

martes 16 de junio de 2009

Crónica de un fin de semana


El viernes te encontré entre mis sábanas, cuando más te necesitaba. La noche venía oscura y solitaria y sin embargo, fue imaginarte aquí y no se como ni por qué, apareciste. Apareciste desnuda y morena... la mujer que busqué tantas y tantas veces. La mujer que aparece tumbada, sonriente...la musa, la inspiración de tantos y tantos cuadros.

Saliste de una tabla de imaginación y de sueños. Con el paso de los siglos, los pintores, los poetas, aquellos que te conocieron, fueron perfeccionándote y la espera, créeme, ha merecido la pena. Has sido bailarina, pitonisa, has guiado al pueblo hacia su propia libertad. Has sido la firmeza frente a hombres sedientos de dudas, has sido madre de la humanidad desde tiempos inmemoriales.

Me abrazaste. Me abrazaste y me besaste. Me amaste con toda la ternura y todo el cariño que te dio la inmortalidad.

Y a la mañana siguiente abrí los ojos y ahí estabas. Aún desnuda y morena. Y entonces me llevaste a un mundo de palabras. Descubrí los versos que te escribieron a orillas del amanecer, al igual que yo escribo ahora y hago mío aquello que de ti han dicho antes que yo:

Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente.
Una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte


Gracias Don Mario. Gracias Señor Saramago por quitarme este virus maligno, esta ceguera permanente de una manera más literaria. Me quedé sin vista cuando mi corazón no pudo aguantar tanta soledad, pues a pesar de las tecnologías, la soledad es un mal endémico del tiempo presente. Y sólo, como usted me ha susurrado a través de ella, se puede curar entre sus labios, entre sus brazos. Así, desnuda y morena... y volver a conjugar el verbo amar sólo en indicativo.

Y me llevaste de la mano. Y no se si soñando o con la imaginación a flor de piel, dimos con tierras extrañas. Dimos con gentes que hacían aparecer y desaparecer la ilusión entre sus manos y nos reímos. Nos reímos porque descubrimos el secreto de tanta magia. El secreto que hizo que los versos de Benedetti y las mujeres de Tolouse-Latrec, Julio Romero de Torres, Goya y tantos y tantos otros se hicieran carne. Te hiciste carne y disfrutamos el momento con la misma intensidad que el último y el penúltimo precisamente por eso, por no saber si continuará. Nos decimos hola y adiós con las mismas ganas de la primera vez. Siempre ha de ser la primera vez, la última. Y el domingo no nos dijimos adiós. Sólo hasta luego.

Y así es como voy pasando la semana. Repleto de fuerzas. Conjurando a la vida y a la alegría para que te hagas tan real como mi cuerpo me asegura. Como la noche y mis sábanas me susurran.

Hasta el fin de semana que viene.