miércoles, 15 de febrero de 2012

Humanidades


Permítanme compartir con ustedes uno de mis muchos recuerdos. Ocurrió en un almacén cualquiera, de un centro comercial cualquiera.
Mi compañero y yo nos afanábamos por colocar la mercancía que acababa de llegar en el camión. Mientras tanto, manteníamos una agradable conversación. El tema era la cultura. Él, se consideraba un ávido lector y yo, era otro estudiante universitario más buscándose la vida. Como tantos y tantos otros.

De nuestros corazones fueron saliendo autores y libros, personajes y épocas, versos, pequeños versos, discusiones sobre alguna que otra película y grupos ya olvidados, con muchas de sus canciones.

A medida que ambos nos reconocíamos, aquella tarde fue dejando de ser otra de aquellas tediosas tardes. Fuimos capaces de darle la vuelta al mundo enmudecido y gris que se extendía a nuestro alrededor. Convertirlo en la puesta de sol más brillante. Y mereció la pena. Al menos hasta que llegó la noche. Porque con la noche llegaron las dudas.
Me consideraba un privilegiado por tener a mi alcance tales conocimientos. Yo, que vengo de una familia que nació con una maleta en una mano y la obligación de trabajar desde la infancia en la otra. Al igual que muchas.

¿Un privilegiado?, me preguntó mi compañero. Ahí te equivocas. Se puede vivir sin cultura. Perfectamente. Y, además, ganar dinero.

Y tenía razón.

A mi mente acudieron los amigos de la infancia y del instituto. Como muchos de ellos dejaron sus estudios en pos de un trabajo rápido. Su ambición reducida a un coche y a una hipoteca. Y ya verían en algún documental, si es que les interesaba, todo aquello que yo estaba estudiando.

Hasta hace bien poco. Hará un par de meses, día arriba, día abajo, me llamó uno de ellos. ¿Me podrías ayudar a redactar una carta de presentación?, me preguntó. Tú, que tienes cultura, añadió. Y yo me quedé pensativo.

¿Una carta de presentación?, me dije. Y miré a mí alrededor. En las estanterías de mi habitación se amontonaban apuntes y libros. Toda una vida dedicada a responder las preguntas que me iban surgiendo.

¿Cómo sería mi propia carta?, me interrogué curioso. Y comencé a imaginarlo.

Estimados señores:

Me dirijo a ustedes con el fin de remitirles mi Currículo para ser considerado ante posibles futuras selecciones que se ajusten a mi perfil.
Como podrán observan en él, tengo la memoria de mi parte. ¿Mi edad? Cinco mil años.

¿Mi experiencia? Toda la Historia.

He vivido tantas vidas como sueños tiene el ser humano. Los he aprendido de la mano de asignaturas y profesores.

Me he hecho a la mar con la esperanza de conocerme a mí mismo frente a dioses caprichosos, hoy día, la ignorancia y el aburrimiento. A entender la belleza tras la piedra que se cincela, el lienzo que se pinta, las paredes que nos albergan.

He aprendido que la escritura correcta obedece a un orden en las ideas. A argumentar y defenderme con la lógica del filósofo. A ir más allá de las palabras que se buscan y susurrarlas en forma de poema.

He descubierto continentes, personas. He entendido sus necesidades y comprendido sus costumbres. He podido expresarme en otras lenguas.

Y sobre todo, he tenido compañeros. Algunos, que han caído víctimas de caprichosos cantos de sirenas. Otros, los que han permanecido firmes, codo con codo, remo con remo, hora tras hora, conmigo, en este viaje fantástico.

Juntos hemos venido a esta Universidad, a hacerle frente al desconocimiento y la apatía. Y la Universidad ha venido a nosotros. Se nos ha colado muy dentro. En conversaciones y opiniones, en lecturas que no nos dejarán desamparados. Nunca.

Por todos estos motivos, me dirijo, por la presente, a todos ustedes.

Hemos atravesado siglos y guerras, tristezas y odios. Hemos sido capaces de entender al ser humano en su afán por conocer y transformar este mundo. Encontrar lo bueno que aún hay en él y con esa sabiduría, seguir evolucionando.

Tenemos la Historia, la Filosofía. Geografía, Lengua, Arte y Literatura. Antropología, Psicología y también los idiomas. Ésas, son nuestras herramientas.

Navegaremos con más ahínco cuando esos dioses, infantiles, nos pongan a prueba.

Porque llegarán días oscuros. Llegarán tormentas. La vida nos arrastrará a cada uno a una corriente distinta. Y tenemos dos opciones: dejarnos llevar, como el resto, o volver a coger los remos, con fuerza, para no perecer antes de tiempo.

Ya lo decía el escritor:

“En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aún así el mar te matará. Pero si eres buen marino, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir.”

Muchas gracias a todos.

2 comentarios:

Campanilla dijo...

Que las Humanidades y la Fuerza te acompañen...Siempre.

Mª Teresa Sánchez Martín dijo...

Últimamente he reflexionado mucho sobre la cultura que adquirimos y la belleza que buscamos frente a la ambición o la necesidad de trabajar que nos arrastra.

Yo también he vivido horas como las que narras en un almacén y he sentido lo mismo. No debemos perder la capacidad de convertir "un mundo enmudecido y gris" en una tarde hermosa. No quiero soltar los remos en esta tempestad, quiero saber quién soy y dónde me encuentro cuando muera.

Una magnífica y profunda reflexión.

Saludos