Voy a hacer un último llamamiento. Son pocas las fuerzas que me quedan. Para escribir, para tantas y tantas otras cosas, las que más me importan.
Por unos días, tuvimos la suerte de cambiar el viejo sillón y el televisor. La fortuna de contemplar, sin prisas, un firmamento repleto de estrellas. Algo mágico.
Lo siento, no encuentro otra palabra mejor para definirlo.
Mágico por poder dirigirnos a cada una de ellas, aún sin saber nada de astronomía, constelaciones o distancias imposibles. Las mismas que desaparecieron.
Se trataba de fijar la vista en la que más te atrayera. La intensidad, el tamaño...Yo escogí una pequeñita. ¿Por qué? se preguntarán. Porque quise... porque quiero alimentarla con mis mejores días y mis mejores noches. Quiero que crezca con las tardes veraniegas. Aquellas que he puesto el alma a remojo entre tus labios. Con el sonido de tu respiración subiendo y bajando, en paz. Durmiendo y suavizando el intenso calor, mis dudas. Con tu mirada. Esa mirada, como decirlo con exactitud, que me presentan a la mujer y a la niña. A tí, en toda tu grandeza. Enamorada.
Quiero llenarla de sonrisas. Las que guardo cada vez que se te escapan tímidas de ese corazón tan enorme. Las guardo en una cajita. Y las suelto cuando soy capaz de encontrar esa estrella pequeñita y van volando, como mariposas, hacia su destino, que no es otro que tú y yo allá en el cielo.
Quiero que crezca imparable. Una estrella grande y fuerte, que ilumine por encima de la contaminación y los nubarrones cotidianos. Por ello, hago un último llamamiento.
Un llamamiento a mi mismo, a mis recuerdos, a sus recuerdos. A las tardes que hemos despedido con una cerveza en la mano. Sin prisas. A las sesiones de cine entre semana. A tocar nuestro pasado con nuestras propias manos y sentirlo latente. Escuchar el eco que aún guardan sus restos. A los chapuzones y a la improvisación. A dejarse llevar olvidando el reloj.
A salir de la rutina, que hemos salido y no saber ni cómo ni por quién doblan las campanas.











1 comentarios:
Son tus palabras de una bellísima tristeza. No es de extrañar que alcancen esa estrella.
Saludos
Teresa
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