
Vaya por delante este miércoles, que como el resto de mis miércoles, llegará a las treinta y tres horas. Ya saben. Cosas del trabajo.
Vaya por delante la incertidumbre habitual. Acentuada, eso sí. En aumento porque los minutos y los segundos, en noche cerrada y a solas, hacen que las defensas bajen, parcialmente, a los infiernos.
Y no hay pastillas que valgan.
El dolor es imposible de curar. Un dolor que empieza en lo muscular, algo tangible, y va colándose hasta lo más profundo.
Para romperte el alma.
Para llegar a esa parte de ti tan metafísica y conseguir que te duela todo el cuerpo.
Putos prospectos.
En ninguno queda nada para la poesía. Nada que te indique la dosis exacta para acabar con lo real, esta melancolía, y lo imposible, que es el no echarte de menos.
Sé que lo tengo bien agarrado. Es lo que hay. Fíjense si es tal que allá arriba, si se dan cuenta, apenas quedan nubes. Aunque no se distingan. El firmamento, en toda su extensión, nos puede ofrecer un mapa lleno de estrellas en el que soñar y arroparnos. Yo, sin embargo, veo formas, veo sombras. La desesperación en un ojos muy abiertos que me observan mientras devoran mi pasado. La desesperación que me condena. Los errores, los reproches. Los más cercanos que se deciden a escupirte tus propios fallos sin reconocer ni tan siquiera los suyos. Y apenas son como tú creías. Rostros deformes, con arrugas y curvas, cicatrices del mal. Con pezuñas algunos y relichando odio los otros. Todo un pelotón...brujas, monstruos... dispuestos a fusilarme . ¿Y qué hacer? ¿Qué hacer entonces? Gritar. Gritar mientras alzo las manos hacia el vacío. Gritar con todas mis fuerzas. Gritar para que sea ésta, la última luz que salga. Y no sale. Ya no queda sonido alguno en mi garganta. Porque apenas soy otra de esas sombras. Mi figura se va desvaneciendo, dejando la silueta para el recuerdo. Para los momentos felices que están siendo arrancados.
Ya, ni tan siquiera oigo. Los sonidos que antaño me recordaban el mundo no los escucho. No puedo. Tanto tiempo sin parar, porque mejor no dormir, si ya despierto o insomne he visto en claroscuro, mejor no cerrar los ojos. No hasta que el sol vuelva por el Este. Supongo que cuando eso suceda, dejaré de ver animales tan humanizados que den miedo o a humanos tan animales.
Volverá la claridad a enseñarme las mismas alegrías que de costumbre. Las sonrisas serán sonrisas. La gente, las calles, todo, en definitiva, volverá a tener la algarabía y el detalle, la vida propia que da la vida. Y yo recuperaré mi forma y mi color. Dejaré de ser un boceto, unas líneas marcadas por capricho de un destino cruel y lastimero, a carbón y a traición, dibujado por el eogísmo de otros. Y las palabras tendrán su justo significado. Nada de segundas intenciones. Tu cuerpo tumbado sobre la cama, desnudo o esperando que lo desnude, será lo que yo más anhele.
Sólo sé que te echo de menos.
Ahora regreso a mi miércoles. Este miércoles maldito que no acabará hasta que no te vuelva a ver. Treinta y tres horas para ser exactos. Cosas del trabajo. Ya saben.











2 comentarios:
Si señor, me ha gustado tu primer poema pictorico, aunque si no dices que es pictorico no lo hubiera apreciado
No me ha quedado muy claro cuál es su mejor día de la semana, pero que llegue ya.
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