
Esta mañana he ido quitando la nieve que aún quedaba, caprichosa, en las suelas de mis botas. El suelo traicionero por el que he caído tantos y tantos años.
Esta mañana, con los rayos de sol, he vuelto sobre esas huellas lentas y pesadas. Inseguras. El invierno ha venido siendo la única estación reconocible. Julio, Noviembre, Mayo. Da igual.
Siempre he tenido los pies y el corazón tiritando.
Esta noche pasada, con el frío pegado a mi piel y a mi alma, me acordé de ti. Recordé como me has enseñado a buscar sonrisas donde no las hay. Y las he encontrado donde me has dicho que nunca dejan de estar. A veces, en el firmamento, en la luna, en algunas constelaciones. A veces, en los pequeños momentos a solas que tenemos. Tú y yo reconciliándonos con la vida y la alegría. A salvo.
Por eso, esta mañana he decidido quitarme de encima las últimas tristezas que aún me quedaban. Y para ello, nada mejor que no dejar rastro.
He vuelto sobre mis pasos, los pasos distraidos de toda una vida. Les he arrancado lo que fue cayendo desde mis mejillas: palabras que hieren como cuchillos, llenas de egoismo y soberbia. Palabras que juzgan cada momento que pasas y que te han condenado previamente. Que te fuerzan a sospechar de la bondad, simplemente por abusar de ella. Palabras que te han utilizado para sus propios fines, para jugar a modelarte, a decirte lo que has y no has de hacer, por las que no puedes gritar aquí estoy yo. No. No puedes. El aliento se congela y la garganta se convierte en una arista afilada y dura que va rasgando la piel y los sueños. Palabras que nunca he utilizado ni espero utilizar. Y que el cielo y el infierno me condenen si lo hago.
He ido vertiendo todos esos recuerdos por la alcantarilla, no sea que alguien tropiece. Acto seguido he ido recomponiendo esas otras huellas enterradas en la acera. La que nos ha visto pasear tantas y tantas veces. Las he dejado firmes sobre la calle. Afortunadamente, están por todas partes. Se confunden con otras palabras de otras gentes que también van como tú y como yo. Van de la mano del cariño, del respeto, del amor, en definitiva, que no es menos que eso y puede llegar a ser mucho más. Un mundo entero.
Aquí. Para recorrer juntos.











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