
Dueño de mi mente, de poder, por fin, alejar la locura que me acecha en cada esquina, tras cada sombra...dueño de los pasos que doy y de los que tropiezo. Dueño del agua, del viento que me da en la cara y de la valentía, que queda, generalmente allá arriba, junto a mis sueños.Ahí. Sí. Donde se pierden los cometas. Ahí es donde quedan mis deseos. En la cola de una estrella fugaz. Posibles. Para que viajen de cuando en cuando hasta llegar a ti. Imposibles tal vez hasta que pidas alguno de ellos.
Dueño de nada y dueño de todo al mismo tiempo. Libre para coger la arena entre mis manos, cavar un agujero e intentar meter el océano en ella. Contemplar como se escapa y no arrepentirme. Sé que habrá más arena y más agua. Ardiente. Tanto como para derretir mi tristeza entre tus labios. Y desaparecer con la mañana.
Porque una madrugada te imaginé radiante y viva. Y soñé.
Y saliste para hacerme sentir vivo.
Te escapaste de aquel cuento de hadas y lloré.
Desperté.
No había ningún libro.











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