
Los cuentos son sólo eso, cuentos. Miles y miles de historias fantásticas que nos han ido narrando desde niños. Miles y miles de ilusiones guardadas en las botas de algún gato, en una caperuza roja, en siete enanitos con siete lámparas maravillosas.
Sí.
Desperté y desapareciste. El hechizo se rompió a medianoche, como era de esperar. Que torpe fui por no darme cuenta. Mordimos, por error, la misma manzana que en su día mordieron príncipes que se convirtieron en mendigos, hombres y mujeres hechos de barro y de carne. Sin pudor, sin conocer la vergüenza.
Y la tuvimos.
Salimos corriendo huyendo no se sabe donde. Dio igual. Las migitas de pan que dejamos se las comieron los cuervos. Pero espera. Hubo algo que no se pudieron llevar.
En el aire, en el Paraíso que íbamos dejando atrás, quedaron los buenos momentos. Las emociones que hacen que esta vida merezca la pena.
Y no sé si esto sale en algún cuento. Seguramente no. Lo que sí tengo por cierto es que a la mañana siguiente, quizá, por pedirle un deseo a la luz del alba, los buenos recuerdos volvieron. De improviso, buscando el corazón que encajara perfectamente en ellos. Y nos encontraron. Juntos. A ti y a mi.
Nos dieron un beso y nos hicieron abrir los ojos. En ese momento volvimos a ser tu y yo, uno, en definitiva, con el mismo brillo y las mismas ganas de ir de la mano. Andando por el mismo camino que deshicimos, a la vuelta de la esquina, porque está ahí. ¡Palpable!
Se esconde travieso en cada mirada, aparece de improviso. Ahí. Ahí.
¿Dónde?
En cada gesto.
Será la realidad la que nos marque el rumbo.
Camino...
... A nuestra Historia Interminable.











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